Autoestima profunda, una relación auténtica.

La autoestima viene siendo algo así como la capacidad de quererse a uno mismo, de gustar de uno mismo. Una condición básica que nos ayuda a darnos el apoyo necesario para enfrentar nuestros desafíos, tanto del mundo externo como en el intrincado laberinto del crecimiento personal.

En la teoría tradicional, la autoestima pertenece más bien al mundo de la psicología cognitiva, que nos señala que la autoestima deriva de una valoración que realizamos sobre una idea que tenemos sobre nosotros mismos. Esto no deja de ser cierto, pero considero que hay algo más profundo en juego.

Para mí, se trata de una verdadera relacioń de amor, algo que se tiene que experimentar, más que entender. Yo lo describiría como un hambre de ser lo que somos realmente, una llama que nos enciende por dentro y nos predispone a ser nosotros mismos frente a los demás, a salir de nuestros automatismos para que se manifieste lo auténtico. Es lo auténtico lo que tiene esa capacidad de encender la chispa.

Muchos psicólogos, filósofos han hablado sobre esto e intentaré expresar lo que para mí está realmente en juego en esto de quererse a uno mismo.

¿Te quieres?

Si consideramos que la autoestima se experimenta como una relación con uno mismo, entonces no debe ser muy diferente de las relaciones que mantenemos con los demás.

Hace pocos días realicé unas charlas sobre este tema, y en una parte del taller reflexionamos sobre lo que significa el querer a alguien.

Básicamente se repitieron cinco cosas:

Afecto: Lo definimos como el sentimiento mismo de querer, de tener un lazo especial con esa persona, una cercanía e intimidad que no se tiene con otras personas.

Aceptación: Cuando se quiere a alguien se le acepta tal como es, con lo bueno y lo malo. Hicimos la distinción de que a veces hay que poner límites a las personas que uno quiere, pero es un límite que, aunque puede marcar distancias, no juzga al otro, no se le deja de tener cariño a esa persona ni desearle lo mejor.

Apoyo: Brindar apoyo, estar con esa persona cuando se necesita y sentir las ganas de ayudar, de darle protección sin entrar a desvalorizar la capacidad del otro de protegerse a sí mismo.

Dedicación: Cuando queremos a alguien, tenemos un trato especial con esa persona, y cuidamos también los detalles cotidianos, las cosas prácticas del día a día.

Una vez que realizamos el listado, entonces nos preguntamos si realizamos estas cosas con nosotros mismos. Todos reconocimos que no lo hacemos muy a menudo, y que incluso nos resulta más fácil hacerlo con los demás que con nosotros mismos.

Es interesante ver esto, ya que todos supimos ver que hay un tipo de relación que tenemos hacia nosotros y otro tipo de relación que tenemos con los demás, y que al parecer tendemos a querer a otros y no tanto a nosotros mismos.

¿Cómo es esto de relacionarse con uno mismo?

El hecho de reconocer que existe una forma de relacionarnos con nosotros mismos es bastante extraño. ¿Cómo es posible que esto ocurra? Al parecer, nos experimentamos como si fuésemos dos personas separadas. Una con la que nos identificamos, y otra que puede querer o no a esa persona que somos.

¿Cómo lo podemos explicar?

Básicamente a través de las teorías de la personalidad. Gran parte de las teorías psicológicas y las culturas orientales, han concluido que todos tenemos una identidad, un “yo” al que todos podemos hacer referencia y que determina la forma en que nos vemos.

Pero este yo, no abarca la totalidad de la persona, sino que más bien es una identidad que hemos construido. Me quedo con una explicación que da el Dr Claudio Naranjo, que se sostiene en las ideas del psicoanalista Harry Guntrip, para decir que la personalidad aparece como respuesta a una falta de contacto con el propio ser.

En palabras sencillas, podemos decir que al nacer tenemos, por naturaleza, una conexión profunda con nuestro ser, que se ve interrumpida cuando el niño comienza a darse cuenta de que es un individuo separado de los demás, y que depende de sus cuidadores para su propia supervivencia.

Para salir de esta situación tan angustiante (mi supervivencia depende de otros que me pueden fallar), el niño comienza a desarrollar estrategias para controlar su entorno y sentirse más seguro. Por ejemplo, el niño descubre que para llamar la atención de los padres debe chillar y hacer pataletas. Como esto le va dando resultados, lo repite tantas veces que va perdiendo el contacto con su ser más genuino y se va identificando con esta actitud de rebelde, ya que esta actitud le hace sentir seguro.

Nuestra identidad es esa máscara que el pediatra y psicoanalista Winnicot llamó el falso self, un falseamiento de la persona que realmente somos para adaptarnos a la sociedad.

Nos resulta muy difícil querernos porque hemos olvidado nuestro ser auténtico. El problema es que esa falsa identidad nos mantiene desconectados de nuestro centro sin darnos cuenta, y nos resulta muy difícil ver el daño que nos provoca. Nos mantiene en un piloto automático que nos impide seguir desarrollándonos de forma plena en la vida.

Es muy importante retomar el contacto y el amor hacia nuestro ser y atrevernos a deconstruir nuestra propia identidad, para que salga lo auténtico.

Si quieres una explicación más profunda sobre este punto, puedes leer este otro artículo: ¿Qué es la personalidad y cómo afecta la salud mental?

¿Por qué es tan difícil salir de la propia personalidad?

Esta personalidad falsa se trata de una estrategia de supervivencia del niño, y se mantiene gracias a una suerte de guardia, que vigila que la conducta del niño se mantenga siempre en esa línea.

Por continuar el ejemplo, el niño que se identificó con la actitud rebelde, cada vez que se enfrente a la situación de dejarse llevar por las normas de otros, saltará su guardia y le dirá “cuidado, si cumples las normas nadie se va a enterar de que existes y esto es muy peligroso, haz algo fuera de las normas para llamar la atención” Y cuando el niño recibe la llamada de atención de sus cuidadores, e incluso el castigo, inconscientemente se va a tranquilizar, porque así es como él se siente seguro y protegido.

Entonces, el camino de regreso a nuestra existencia más auténtica no pasa tanto por obligarse a ser de una manera, sino más bien a comprender que tenemos un guardia dentro que se pone en alerta cada vez que intentamos cambiar nuestra personalidad. Este guardia actúa haciéndonos sentir diversas emociones: temor, angustia, desesperación, desolación, vergüenza. Son reacciones que se despiertan cuando nos alejamos de esa personalidad con la que nos hemos identificado.

Es interesante observar que las mismas reacciones aparecen cuando uno se detiene e intenta estar en quietud, sin intentar nada. O cuando nos dejamos fluir e intentamos ser espontáneos con los demás. Es una función que nos mantiene bajo control, representando una y otra vez el mismo rol.

¿Cómo podemos volver a lo espontáneo y comenzar a querernos?

Esta noción del guardia es importante tenerla en cuenta, porque si le damos guerra nos dará guerra, y si le decimos que no se siga preocupando, se pondrá muy paranoico.

En mi experiencia, la puerta se abre cuando comenzamos a tomar contacto con esas partes nuestras que han quedado en el olvido y sostenemos las emociones que vienen de este guardia interno. No sirve de nada negarlas, pero tampoco hay que huir de ellas, se trata de entender que cuando esto ocurre es porque estamos tocado algo importante.

Al sostener estas emociones, e ir viendo la importancia que tuvieron para nosotros distintos eventos de nuestras vidas, vamos comprendiendo que no pasa nada. De esta forma, el “guardia” va comprendiendo también que tal vez ha estado exagerando en sus respuestas.

Se trata de comprender que inconscientemente nos hemos quedado atascados en una experiencia de nuestra infancia, aferrados a una personalidad que nos ayudó a formar nuestra identidad (cosa que es necesaria), pero que ya no la necesitamos tanto, y es conveniente abrirnos a otras facetas desconocidas de nuestro ser y a otro tipo de interacciones con los demás. Todo esto pondrá en acción una bola de nieve que irá creciendo hacia una mejor relación con nosotros mismos, más libre y auténtica.

Un ejemplo muy claro se puede ver en las personas que suelen ser depresivas o negativas. Es muy probable que una persona sí haya aprendido que para estar a salvo, tenía que ponerse mal, ya que de esta manera despertaba la atención de sus padres o cuidadores.

Es probable que esta persona siempre tenga problemas, ya sea de salud o psicológicos, y las personas de su alrededor le insistan que tiene que hacer cosas para ponerse mejor. Incluso esta misma persona sentirá fuertes deseos de estar mejor.

El problema es que si esta persona se pone mejor, ya sea porque inicia una terapia o por una relación, o un tratamiento, etc. automáticamente se le activará su guardia interno y se despertará en esta persona la angustia. De tal forma que inconscientemente va a encontrar la forma de interrumpir esto que le estaba ayudando, incluso si eso le hace estar peor.

Inconcientemente la persona sigue en su infancia, y entonces asocia el estar bien con algo tan peligroso como la muerte misma, ante lo cual termina escogiendo el seguir estando mal.

Por este motivo, es probable que muchas de las recetas que te encuentras en internet para mejorar la autoestima no te funcionen, ya que al final hay mecanismos inconscientes que siempre te llevarán a tus patrones repetitivos.

La clave está en comenzar a desarrollar la capacidad de acompañarte en este proceso. Encontrar la forma de poder ir descubriendo estas dinámicas internas, y comenzar a contactar con tus emociones genuinas, así como también permitir que salgan tus reacciones naturales, espontáneas.

Al ir sosteniendo estos estados lo más posible de forma voluntaria, nuestro “guardia interior” se irá dando cuenta de que no pasa nada. Antes éramos niños indefensos, pero hoy somos adultos y no necesitamos obtener la atención de otros siendo rebeldes, padeciendo problemas o siendo niños buenos. Tenemos el suficiente criterio para saber cómo actuar en nuestras situaciones cotidianas, y al irnos liberando iremos encontrando ese afecto por la persona que realmente somos, un misterio que nos puede sorprender cada día.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *