Cómo hackear la ‘maldición del conocimiento’

Solo sé que nada sé. Sócrates

La maldición del conocimiento es un fenómeno cognitivo que afecta nuestra capacidad de expresarnos. En el fondo dice que mientras más sabemos de algo, peor nos expresamos con el resto.

Tomemos por ejemplo al clásico experto de un tema, que cuando nos quiere explicar algo nos llena la cabeza de tecnicismos que apenas podemos adivinar (programadores, médicos, abogados…).

Lo interesante es que inconscientemente nos ocurre lo mismo a todas las personas, y este problema puede llegar a tener grandes consecuencias al interior de las organizaciones, así como en la capacidad creativa de los equipos de trabajo.

Una explicación sencilla con un experimento sencillo

La mejor forma de entenderlo es gracias a un sencillo experimento realizado en 1990 por Elizabeth Newton, estudiante de psicología de la universidad de Stanford.

Consistió en un juego en que participaron dos grupos. El primer grupo consistía en personas que tenían que marcar el ritmo de melodías tradicionales con un lápiz, por ejemplo la canción de cumpleaños feliz y el segundo grupo tenía que adivinar la canción.

Después de interpretar 120 canciones, se le pidió a los intérpretes que estimasen el porcentaje de canciones que los oyentes adivinaron correctamente.

¿cuántas dirías tú?

Los intérpretes supusieron que un 50% de sus canciones serían identificadas, pero lo cierto es que sólo hubo un 2.5% de aciertos. Los intérpretes se quedaron estupefactos, para ellos, al menos de la mitad de las canciones eran evidentes. No podían comprender que de 120 canciones solo 3 pudieron ser identificadas.

Lo que ocurre es que mientras una persona toca, en su cabeza acompaña los sonidos del lápiz con el resto de la melodía, lo cual le hace creer que está interpretando la canción perfectamente. Por el otro lado, el oyente no escucha más que el repicar de un lápiz, con lo cual es muy difícil reconocer incluso melodías con las que se está muy familiarizado.

Lo mismo ocurre en la comunicación. Cuando queremos decir algo, contamos con que nuestro interlocutor puede “oír” los supuestos e ideas base que existen en nuestra cabeza, pero lo cierto es que no puede. Este es el gran error que cometemos sin darnos cuenta.

Mensajes que el resto no puede escuchar

Lo que decimos cobra su verdadero sentido sobre la base de otros conocimientos previos, que solo se escuchan en el interior de nuestra mente. Es imposible borrarlos y por este motivo se dice que quedamos maldecidos por nuestro conocimiento, ya que no podemos olvidarnos de él a la hora de expresarnos.

Cada vez que decimos algo no podemos detenernos a pensar sobre la melodía de supuestos mentales que acompañan a nuestras palabras, y esto hace que muchas veces las personas no entiendan bien lo que intentamos decir, o lo que es más complejo, que no lo entiendan de la forma en que queremos que se entienda.

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Este hecho tiene un profundo impacto cuando queremos generar un impacto en otros, sobretodo en el trabajo colaborativo, la innovación o cuando se lideran personas.

Está lleno de empresas y líderes que utilizan lo que yo llamo “frases low cost” que pretenden motivar grandes logros con palabras muy trilladas: “la calidad es lo primero”, “queremos ser los líderes del sector”, “compañerismo”, etc. estas palabras -solas- no transmiten nada a los colaboradores y tampoco a los clientes.

Lo mismo aplica a los equipos de trabajo. Muchas veces he participado en conversaciones donde al parecer todos estamos acordando lo mismo, pero luego cada uno actúa de forma muy diferente. Todos escuchamos el lápiz, pero cada uno interpretó su melodía.

¿Cómo hackear este error cognitivo?

En este artículo de la Harbard Business Review exploran algunas soluciones a este fenómeno.

Una forma muy efectiva es evitar las generalizaciones cuando se quiere comunicar algo, lo que muchas organizaciones no aplican. Dar detalles o ejemplos prácticos es como agregar una melodía al ritmo del lápiz, es la clave para entender el verdadero sentido del mensaje.

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Dar vívidos ejemplos, metáforas o imágenes concretas que ayuden a transmitir con claridad el mensaje son buenas fórmulas. Utilizar anécdotas con las que todos están familiarizados también funciona. No solo da elementos comunes para interpretar la situación, añade un sentimiento de unidad al equipo.

La forma en que se da el mensaje también es importante, por este motivo las técnicas de storytelling han cobrado gran importancia.

Desde el 2013 he visto cómo aumenta esta necesidad en los profesionales financieros y data scientists. Y no es de extrañar, ellos están maldecidos por el conocimiento de los números, algo difícil de compatibilizar con quienes no les tienen mucho cariño. En este caso, el storytelling se ha transformado en el puente perfecto para que los números sean comprendidos por toda la organización, transformándolos en historias que fomentan el compromiso y la motivación de todos los colaboradores.

Salvar nuestras distorsiones cognitivas es imposible, pero gracias a algo tan sencillo como contar una historia o dar ejemplos concretos, podemos hackear su funcionamiento y ser más eficaces e inspiradores en nuestras relaciones.

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